martes, 26 de julio de 2016

(3)



Como te habrás dado cuenta, no estoy acostumbrada, me dijo mientras nos vestíamos o cuando nos secábamos después del pete post-coital en la ducha y que había terminado en sus tetas.

Me sorprendió, nunca me había sido tan gratificantemente fácil metérsela en el culo a alguien. El problema era qué contestar a eso: una muestra sincera de incredulidad podía ser tomada como una consideración peyorativa de su decoro sexual, pero era la segunda vez que cogíamos y la segunda vez (¿o la tercera?) que le hacía el orto, previo jugueteo, además, de mi pulgar en su esfínter (horrible palabra para decorar un acto tan mágico). Ayudaba a mi incredulidad su confesión, mientras lo hacíamos, de preferir esa posición canina a cualquier otra (con el tiempo, y la variedad que brinda el anarquismo, entendí que aquello era un placer común a toda la especie e hipoteticé un origen atávico, pre-homosapiensal) y que fuera una mujer casada (en proceso de divorcio, extraño proceso, por cierto, por lo menos para mí), con hijos: no era posible que su Ex nunca se lo hiciera, aun por error o calentura, no era posible que nunca se le hubiese resbalado (mitad accidentalmente, mitad no) y que el glande se encontrara ante esa generosidad que me había recibido sinceramente gustosa y que me había cobijado, asimilado, tan valiente y sin vacilaciones.

Tampoco era recomendable, aunque no sé bien el porqué, aceptar de plano su declaración. Podía denotar una queja que mi caballerosidad no se permitía ni siquiera insinuar y, ciertamente, no tenía ningún reproche en este sentido.

La siguiente vez, sí existía material para mi fastidio. Pero nos estábamos tomando una birra, en unos bancos poco iluminados y ella fantaseaba con extender la relación al plano emocional. Una equivocación que nos impidió seguir disfrutando de nuestra genitalidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario