martes, 26 de julio de 2016

(3)



Como te habrás dado cuenta, no estoy acostumbrada, me dijo mientras nos vestíamos o cuando nos secábamos después del pete post-coital en la ducha y que había terminado en sus tetas.

Me sorprendió, nunca me había sido tan gratificantemente fácil metérsela en el culo a alguien. El problema era qué contestar a eso: una muestra sincera de incredulidad podía ser tomada como una consideración peyorativa de su decoro sexual, pero era la segunda vez que cogíamos y la segunda vez (¿o la tercera?) que le hacía el orto, previo jugueteo, además, de mi pulgar en su esfínter (horrible palabra para decorar un acto tan mágico). Ayudaba a mi incredulidad su confesión, mientras lo hacíamos, de preferir esa posición canina a cualquier otra (con el tiempo, y la variedad que brinda el anarquismo, entendí que aquello era un placer común a toda la especie e hipoteticé un origen atávico, pre-homosapiensal) y que fuera una mujer casada (en proceso de divorcio, extraño proceso, por cierto, por lo menos para mí), con hijos: no era posible que su Ex nunca se lo hiciera, aun por error o calentura, no era posible que nunca se le hubiese resbalado (mitad accidentalmente, mitad no) y que el glande se encontrara ante esa generosidad que me había recibido sinceramente gustosa y que me había cobijado, asimilado, tan valiente y sin vacilaciones.

Tampoco era recomendable, aunque no sé bien el porqué, aceptar de plano su declaración. Podía denotar una queja que mi caballerosidad no se permitía ni siquiera insinuar y, ciertamente, no tenía ningún reproche en este sentido.

La siguiente vez, sí existía material para mi fastidio. Pero nos estábamos tomando una birra, en unos bancos poco iluminados y ella fantaseaba con extender la relación al plano emocional. Una equivocación que nos impidió seguir disfrutando de nuestra genitalidad.

lunes, 25 de julio de 2016

(2)



Me acerqué al anarquismo por los mismos años en que me ligué, post-crisis del 2001, emocionalmente con el kirchnerismo. Es fácil deducir que se trataba de un silente y desesperado juego del inconciente para no reconocer la creciente esperanza; un intento desesperado por no creer que eso que ocurría y que tomaba, poco a poco, las cosas por las que había vivido como su propia bandera y las hacia -¡Hacía! ¡No declamaba: hacia!-, y los compañeros y compañeras, los referentes de mis luchas políticas, se acercaban y eran escuchados y se proclamaba su palabra desde el poder: el Pueblo tenía eco en el Gobierno (permítaseme la exageración a continuación) ¡El Pueblo gobernaba! (sepan disculpar, gracias). Eso que pasaba no podía ser verdadero.

Me había hecho adherente al FPV en 2005, tras o durante el anuncio de Néstor Kirchner del pago de la deuda. Sabía que el asunto y el resultado eran una patria soberana como nunca había creído ver, vivir.  Y eso me asustaba: necesitaba desconfiar, me habían dolido muchas injusticias, mucho tiempo, para dejarme ilusionar tan fácilmente como estos tipos (Néstor, Bielsa, Di Tella, Aníbal, Alberto Fernández, etc.) lo estaban haciendo: necesitaba creer que todo era una farsa, y el mejor exponente de ese nihilismo político se cifraba en el viejo axioma “Ni Dios Ni Estado ni patrón”.

Había probado, breve y tangencialmente, con el trotskismo (esa forma cómica del marxismo, esa pretensión estalinista clavada como un pico en la cabeza de Lev Davidovich Bronstein) a través de una amiga muy querida. Pese a lo prometedor de sus agrupaciones (PTS, OGT, entre otras), sólo me había agenciado a algunas amistades sexuales que exigían más de lo que proponían o ejecutaban (aunque no había sido objetado de modo alguno mi precoz interés y concreción del sexo anal). Dejé esas amistades como al trotskismo: en la parada de un bondi, un sábado a las siete de la matina, tras haber garchado en un colchón que nos prestó mi amiga.

domingo, 24 de julio de 2016

(1)



Hubo una época en que fui protagónicamente anarquista. De ella, todavía reivindico la elección de no pronunciarme como –ista de ninguna cuadratura política (aunque claramente soy peronista y kirchnerista, entendida como la tradición de las mismas consignas y virtudes –incluídas las que distan, desde la mirada burguesa, de serlo- del Movimiento Nacional y Popular). 

Admitamos que ser anarquista es, socialmente, considerado como un valor mayor que ser peronista. Al anarquista lo quieren todos, lo idealizan (con mucho fundamento, indudablemente): todos tenemos/tuvimos un tío o un vecino que era el anarquista del barrio (no suele encontrarse, salvo en una biblioteca de alguna federación, más de un anarquista por barrio, entendido como cuatro a seis manzanas –en la urbe- o como medio barrio o barrio entero en el conurbano), o una cantautora admirada o una punky con piercing en el pupo. El anarquista es el tipo bueno, huraño, sí, pero solícito del barrio, el que religiosamente, siempre, da una mano, eso ya suficienta una ventaja en declarar y profesar las palabras de Bakunin, del bello Kropotkin y del romantiquísimo Errico Malatesta (el peligro al que casi me adjunté es el de caer en la pelotudez de un Caparrós, por suerte su horripilante literatura me advirtió que un tipo que escribe así, no puede ser digno de tildarse ácrata: por él, sus zonceras y otras zonceras similares, repelí, finalmente, toda adhesión anarquista, pero no libertaria). 

La otra ventaja, mundanamente y evitando el sobreentendido machista, es erótica: nunca forniqué con tanta asiduidad y variedad como durante mi declarada etapa anti-estatal. El sexo en el anarquismo, por lo menos en el que frecuentaba coitalmente, es un terreno de absoluta diversidad: el concepto contra toda propiedad es la clave (por supuesto, esta es también su pata débil, su talón de Aquiles –siempre quise usar este cliché en un texto, oh yeah!-, porque el celo es la emoción más venenosa del organismo sentimental y la libido es un animal que no respeta, que hiere certeramente en él, por mucha resistencia que se le haga –y, permítaseme la petulancia, especialmente por esa resistencia). En el peronismo, no. El sexo es fabuloso: los peronistas cogen mejor que todos, pero se coge con un compromiso con el Otro, mayor o menor, pero siempre hay un compromiso, una memoria, un deseo que perdura. Cuando anarquista, he fornicado con dos personas el mismo día, a un par de paradas del tren de distancias, con la misma displicencia o voluntad y con resultados memorablemente satisfactorios. Eso, como peronista, no ocurrirá nunca, y si ocurre tiene un nombre: traición. Es cierto que los peronistas somos muy cristianos y, como buenos seguidores de Cristo Jesús, tenemos el don de la misericordia en la punta de la chota, y que una chupada (o un número impar) alcanza para recibir con los brazos abiertos y celebrar el regreso de casi cualquier hijo pródigo. Esta última cláusula es aplicable al peronismo en general y es la diferencia fundamental con las adhesiones progresistas que suelen tener memoria de elefante con ciertos personajes menores y ambivalentes del pejotismo. (Nota al pie para completar el arco político: los marxistas, como todos sabemos, no cogen. Los conservadores, en cambio, cogen mal: son los creadores de la eyaculación precoz y de la anorgasmia, una definición esquizogenital implacable).