Como te habrás dado cuenta, no
estoy acostumbrada, me dijo mientras nos vestíamos o cuando nos secábamos
después del pete post-coital en la ducha y que había terminado en sus tetas.
Me sorprendió, nunca me había
sido tan gratificantemente fácil metérsela en el culo a alguien. El problema
era qué contestar a eso: una muestra sincera de incredulidad podía ser tomada
como una consideración peyorativa de su decoro sexual, pero era la segunda vez
que cogíamos y la segunda vez (¿o la tercera?) que le hacía el orto, previo
jugueteo, además, de mi pulgar en su esfínter (horrible palabra para decorar un
acto tan mágico). Ayudaba a mi incredulidad su confesión, mientras lo hacíamos,
de preferir esa posición canina a cualquier otra (con el tiempo, y la variedad
que brinda el anarquismo, entendí que aquello era un placer común a toda la
especie e hipoteticé un origen atávico, pre-homosapiensal) y que fuera una
mujer casada (en proceso de divorcio, extraño proceso, por cierto, por lo menos
para mí), con hijos: no era posible que su Ex nunca se lo hiciera, aun por
error o calentura, no era posible que nunca se le hubiese resbalado (mitad
accidentalmente, mitad no) y que el glande se encontrara ante esa generosidad
que me había recibido sinceramente gustosa y que me había cobijado, asimilado, tan
valiente y sin vacilaciones.
Tampoco era recomendable, aunque
no sé bien el porqué, aceptar de plano su declaración. Podía denotar una queja
que mi caballerosidad no se permitía ni siquiera insinuar y, ciertamente, no
tenía ningún reproche en este sentido.
La siguiente vez, sí existía material para mi fastidio. Pero nos estábamos tomando una birra, en unos bancos poco iluminados y ella fantaseaba con extender la relación al plano emocional. Una equivocación que nos impidió seguir disfrutando de nuestra genitalidad.