Hubo una época en que fui
protagónicamente anarquista. De ella, todavía reivindico la elección de no
pronunciarme como –ista de ninguna
cuadratura política (aunque claramente soy peronista y kirchnerista, entendida
como la tradición de las mismas consignas y virtudes –incluídas las que distan,
desde la mirada burguesa, de serlo- del Movimiento Nacional y Popular).
Admitamos que ser anarquista es,
socialmente, considerado como un valor mayor que ser peronista. Al anarquista
lo quieren todos, lo idealizan (con mucho fundamento, indudablemente): todos
tenemos/tuvimos un tío o un vecino que era el anarquista del barrio (no suele
encontrarse, salvo en una biblioteca de alguna federación, más de un anarquista
por barrio, entendido como cuatro a seis manzanas –en la urbe- o como medio
barrio o barrio entero en el conurbano), o una cantautora admirada o una punky
con piercing en el pupo. El anarquista es el tipo bueno, huraño, sí, pero
solícito del barrio, el que religiosamente, siempre, da una mano, eso ya
suficienta una ventaja en declarar y profesar las palabras de Bakunin, del
bello Kropotkin y del romantiquísimo Errico Malatesta (el peligro al que casi
me adjunté es el de caer en la pelotudez de un Caparrós, por suerte su
horripilante literatura me advirtió que un tipo que escribe así, no puede ser
digno de tildarse ácrata: por él, sus zonceras y otras zonceras similares,
repelí, finalmente, toda adhesión anarquista, pero no libertaria).
La otra
ventaja, mundanamente y evitando el sobreentendido machista, es erótica: nunca
forniqué con tanta asiduidad y variedad como durante mi declarada etapa
anti-estatal. El sexo en el anarquismo, por lo menos en el que frecuentaba
coitalmente, es un terreno de absoluta diversidad: el concepto contra toda
propiedad es la clave (por supuesto, esta es también su pata débil, su talón de
Aquiles –siempre quise usar este cliché en un texto, oh yeah!-, porque el celo
es la emoción más venenosa del organismo sentimental y la libido es un animal
que no respeta, que hiere certeramente en él, por mucha resistencia que se le
haga –y, permítaseme la petulancia, especialmente por esa resistencia). En el
peronismo, no. El sexo es fabuloso: los peronistas cogen mejor que todos, pero
se coge con un compromiso con el Otro, mayor o menor, pero siempre hay un
compromiso, una memoria, un deseo que perdura. Cuando anarquista, he fornicado
con dos personas el mismo día, a un par de paradas del tren de distancias, con
la misma displicencia o voluntad y con resultados memorablemente satisfactorios.
Eso, como peronista, no ocurrirá nunca, y si ocurre tiene un nombre: traición.
Es cierto que los peronistas somos muy cristianos y, como buenos seguidores de
Cristo Jesús, tenemos el don de la misericordia en la punta de la chota, y que
una chupada (o un número impar) alcanza para recibir con los brazos abiertos y
celebrar el regreso de casi cualquier hijo pródigo. Esta última cláusula es
aplicable al peronismo en general y es la diferencia fundamental con las
adhesiones progresistas que suelen tener memoria de elefante con ciertos
personajes menores y ambivalentes del pejotismo. (Nota al pie para completar el
arco político: los marxistas, como todos sabemos, no cogen. Los conservadores,
en cambio, cogen mal: son los creadores de la eyaculación precoz y de la
anorgasmia, una definición esquizogenital implacable).
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