domingo, 24 de julio de 2016

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Hubo una época en que fui protagónicamente anarquista. De ella, todavía reivindico la elección de no pronunciarme como –ista de ninguna cuadratura política (aunque claramente soy peronista y kirchnerista, entendida como la tradición de las mismas consignas y virtudes –incluídas las que distan, desde la mirada burguesa, de serlo- del Movimiento Nacional y Popular). 

Admitamos que ser anarquista es, socialmente, considerado como un valor mayor que ser peronista. Al anarquista lo quieren todos, lo idealizan (con mucho fundamento, indudablemente): todos tenemos/tuvimos un tío o un vecino que era el anarquista del barrio (no suele encontrarse, salvo en una biblioteca de alguna federación, más de un anarquista por barrio, entendido como cuatro a seis manzanas –en la urbe- o como medio barrio o barrio entero en el conurbano), o una cantautora admirada o una punky con piercing en el pupo. El anarquista es el tipo bueno, huraño, sí, pero solícito del barrio, el que religiosamente, siempre, da una mano, eso ya suficienta una ventaja en declarar y profesar las palabras de Bakunin, del bello Kropotkin y del romantiquísimo Errico Malatesta (el peligro al que casi me adjunté es el de caer en la pelotudez de un Caparrós, por suerte su horripilante literatura me advirtió que un tipo que escribe así, no puede ser digno de tildarse ácrata: por él, sus zonceras y otras zonceras similares, repelí, finalmente, toda adhesión anarquista, pero no libertaria). 

La otra ventaja, mundanamente y evitando el sobreentendido machista, es erótica: nunca forniqué con tanta asiduidad y variedad como durante mi declarada etapa anti-estatal. El sexo en el anarquismo, por lo menos en el que frecuentaba coitalmente, es un terreno de absoluta diversidad: el concepto contra toda propiedad es la clave (por supuesto, esta es también su pata débil, su talón de Aquiles –siempre quise usar este cliché en un texto, oh yeah!-, porque el celo es la emoción más venenosa del organismo sentimental y la libido es un animal que no respeta, que hiere certeramente en él, por mucha resistencia que se le haga –y, permítaseme la petulancia, especialmente por esa resistencia). En el peronismo, no. El sexo es fabuloso: los peronistas cogen mejor que todos, pero se coge con un compromiso con el Otro, mayor o menor, pero siempre hay un compromiso, una memoria, un deseo que perdura. Cuando anarquista, he fornicado con dos personas el mismo día, a un par de paradas del tren de distancias, con la misma displicencia o voluntad y con resultados memorablemente satisfactorios. Eso, como peronista, no ocurrirá nunca, y si ocurre tiene un nombre: traición. Es cierto que los peronistas somos muy cristianos y, como buenos seguidores de Cristo Jesús, tenemos el don de la misericordia en la punta de la chota, y que una chupada (o un número impar) alcanza para recibir con los brazos abiertos y celebrar el regreso de casi cualquier hijo pródigo. Esta última cláusula es aplicable al peronismo en general y es la diferencia fundamental con las adhesiones progresistas que suelen tener memoria de elefante con ciertos personajes menores y ambivalentes del pejotismo. (Nota al pie para completar el arco político: los marxistas, como todos sabemos, no cogen. Los conservadores, en cambio, cogen mal: son los creadores de la eyaculación precoz y de la anorgasmia, una definición esquizogenital implacable). 

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