jueves, 6 de abril de 2017

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Buscate en youtube la primera parte de Piglia presentando Escenas de la Novela argentina donde habla de Amalia y cuenta mejor que yo esta anécdota y expone brillantemente esa mirada burguesa sobre las experiencias populares y patrióticas.

domingo, 12 de febrero de 2017

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Por ejemplo: no puede ser escandalosa la corrupción. Nadie debería escandalizarse por eso, es de un coloniaje moral increíble. No puede de ningún modo ser aceptada como una variante política o crítica, en conducción de la Patria, en pos de la justicia social. Pero los medios y la oligarquía siempre han dominado al mediopelo progresista moderadísimo, es decir, al gorila con culpa, con ese latiguillo moralizante. Corrupción, corrupción, escucha el burgués mental y es capaz de pegarse un tiro en las bolas sin mirar nada más.
Los Nosotros también aportamos a ese mito: pero es mito (haceme acordar que más adelante discurra sobre esto en particular). Pero esto es una estrategia, y eso lo aprendí de Bakunin o mejor, reinterpretándolo: el Poder corrompe, dice, el poder es corruptor es corrupción lisa y llanamente, por eso (sea quien sea el Gobierno) siempre vamos a encontrar corrupción. Por eso la derecha denuncia y hace hincapié en la corrupción de los Movimientos Nacionales y Populares, porque indefectiblemente, buscando más o menos, van a encontrar un caso o una sospecha. Es muy fácil.
Empezó con Rosas. Nuestro primer proyecto Nac & Pop. El mejor, en contexto, si se me permite. Cuando los traidores federales lo derrocan, cuando el unitarismo toma el poder, el discurso de la corrupción se inauguró con sus adlátares: Lucio V. Mansilla, pariente y ministro del Brigadier General don Juan Manuel, es acusado en la novela de Mármol de un hecho de corrupción de sumas irrisorias, en comparación con el contrabando inglés que se propiciaba, bajo el título de un capítulo: 500 onzas.
De Mansilla a López, pasando por las fábulas del gorilismo durante el peronismo y tras la proscripción, la corrupción ha sido el caballo de Troya de la oligarquía: caballo de Troya ideológico, simbólico e invencible, porque lo adoptamos y le hacemos mimos.

sábado, 5 de noviembre de 2016

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Del último encuentro, tras su insinuación de establecer una relación emocional donde había garche y conversación amable, surgió la pretensión de una nouvelle (siempre inconclusa). 
Habíamos tomado una cerveza, ella había delirado al almacenero pajero –con cara de almacenero pajero- que nos la vendió (gesto que adoré, es cierto) y nos habíamos besado descontroladamente al resguardo de la escasa iluminación de una plazoleta con nuevas luminarias. Nos fuimos al auto, buscamos un lugar poco transitado donde estacionar, continuamos besándonos y nos bajamos los jeans para acariciarnos. Nos chupamos. Lo disfrutamos. Ella no quiso que acabara en su boca, la próxima vez sí, dijo (diría que prometió pero eso implicaba una continuidad que, ya mascullaba, no iba a ocurrir). Después me pidió que la alcanzara a una remisera para irse a la casa que todavía compartía con su Ex. 
La dejé en la vereda de enfrente, como Borges a la Luna, y la mire cruzar la calle. Me saludó antes de subirse y nos fuimos en opuestas direcciones. No volví a contestarle ningún mensaje. Cuando mi amiga troska me hizo referencia a ella, fui frío con la respuesta. Mi amiga no insistió. 
Obviamente, seguimos leyendo poemas unos meses más hasta que algún tarado de turno la embarazó y ella, revolucionaria y cuestionadora de la tibieza de Evo Morales, no se animó a abortar.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

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¿No voy a mencionar nombres en este relato? ¿No asignaré a ninguno de los personajes, los femeninos que abundan, siquiera una inicial o vocal o fantasía identitaria? ¿Y si alguien comete la torpeza de leer en estas líneas un proceso no-literario? ¿Si alguien desmitifica la ficcionalidad de lo narrado en base a la confesionalismo coloquial del mismo? 
No, los personajes de esta historia entrarán y saldrán de ella anónimamente, sin beneficio de inventario. 
Sí, esto es ficción: la realidad entrará y saldrá de la narración sin marca identitaria. 

martes, 16 de agosto de 2016

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El peronismo asume sus zonas oscuras como ninguna otra doctrina lo puede hacer, porque, a diferencias de ellas, no tiende a la superación moral de los hombres y mujeres, a la transformación revolucionaria de la realidad en una ficción totalitaria, a un más allá donde todos los sufrires cárnicos serán proporcionalmente recompensados con un placer eterno y etéreo. El peronismo es pragmático, son los hombres y mujeres en su día a día, con sus dignidades y sus miserias. Propone, en cambio, un equilibrio en las fuerzas, un arbitraje en las disputas sociales, protegiendo, en cuanto puede, a los sectores más vulnerables frente a los sectores concentrados de la economía y la política. Justicia social, propone, y no siempre se logra, y no siempre el modo de alcanzarla es pulcro, virtuoso, celebrable. Y los compañeros y compañeras no tienen vocación de santos y santas: tienen vocación de hombres y mujeres reales, tienen necesidades y debilidades bien humanas, bien cotidianas. Pero lo más loable del peronismo, lo más admirable es el concepto de Lealtad. La Lealtad es el eje transversal del Movimiento, su principio constructivo, lo que lo vuelve indestructible. La Lealtad, también, es lo que provoca que los hombres y mujeres con sus necesidades y miserias de hombres y mujeres cuando cometen sus errores, lo hagan en una proporción tan ínfima (si las comparamos con los desfalcos y saqueos que los “dueños” del país realizan a diario, desde ya, pero también en la relación de lo que potencialmente podrían hacer). Por supuesto, a la conciencia colonializada del medio pelo, le parece un escándalo, pero todos sabemos que no es un escándalo moral sino de castas o pretendida mediocridad burguesa.

miércoles, 3 de agosto de 2016

(4)



La verdad, entonces, era que me gustaba mi amiga troska. Habíamos curtido un par de veces, pero éramos (era, el plural es una forma de auto-indulgencia) muy románticos, en la peor acepción del término. Ella me cedía a su amiga, un colchón y su comedor para sufrir (y quizás masturbarse, aunque esto tiene un alto grado o un grado completo de mi propia proyección fantasiosa) escuchando nuestros gemires y los sonidos húmedos de nuestros sexos. Yo aceptaba el presente carnal y que, cada diez días, pasáramos largas noches leyendo poesía o sobre el recelo de la izquierda revolucionaria con Evo Morales, para verla a sabiendas de que se estaba encamando con algún tarado, inexorablemente tarado. 

Leíamos sentados en la alfombra del cuarto, las espaldas apoyadas en la cama, la lámpara de su mesa de noche encendida y algún disco de fondo. La lista es fácilmente imaginable: Galeano, Gelman, Neruda, Benedetti (no me gustaba ya entonces su poesía), algún cubano trovador o no, Federico, Alberti…, pero no nos tocábamos: era imprudente, iba a arruinar esa gélida perfección. A veces, leía alguno de mis primeros poemas. 

Aquella vez en el hotel (¿no había dicho que era un telo?), cuando su amiga me dijo que no estaba acostumbrada, mientras nos vestíamos y yo le enviaba un mensaje de texto a otra chica con la que andaba, su amiga encontró en mi morral el cuaderno negro en el que escribía y leyó y ponderó algunos versos. 

Al trotskismo, al romanticismo de la amistad y su castidad selectiva, y a la promiscuidad anal debo mis primeras críticas literarias. Como tantos y tantas escritores y poetas contemporáneos.

martes, 26 de julio de 2016

(3)



Como te habrás dado cuenta, no estoy acostumbrada, me dijo mientras nos vestíamos o cuando nos secábamos después del pete post-coital en la ducha y que había terminado en sus tetas.

Me sorprendió, nunca me había sido tan gratificantemente fácil metérsela en el culo a alguien. El problema era qué contestar a eso: una muestra sincera de incredulidad podía ser tomada como una consideración peyorativa de su decoro sexual, pero era la segunda vez que cogíamos y la segunda vez (¿o la tercera?) que le hacía el orto, previo jugueteo, además, de mi pulgar en su esfínter (horrible palabra para decorar un acto tan mágico). Ayudaba a mi incredulidad su confesión, mientras lo hacíamos, de preferir esa posición canina a cualquier otra (con el tiempo, y la variedad que brinda el anarquismo, entendí que aquello era un placer común a toda la especie e hipoteticé un origen atávico, pre-homosapiensal) y que fuera una mujer casada (en proceso de divorcio, extraño proceso, por cierto, por lo menos para mí), con hijos: no era posible que su Ex nunca se lo hiciera, aun por error o calentura, no era posible que nunca se le hubiese resbalado (mitad accidentalmente, mitad no) y que el glande se encontrara ante esa generosidad que me había recibido sinceramente gustosa y que me había cobijado, asimilado, tan valiente y sin vacilaciones.

Tampoco era recomendable, aunque no sé bien el porqué, aceptar de plano su declaración. Podía denotar una queja que mi caballerosidad no se permitía ni siquiera insinuar y, ciertamente, no tenía ningún reproche en este sentido.

La siguiente vez, sí existía material para mi fastidio. Pero nos estábamos tomando una birra, en unos bancos poco iluminados y ella fantaseaba con extender la relación al plano emocional. Una equivocación que nos impidió seguir disfrutando de nuestra genitalidad.