martes, 16 de agosto de 2016

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El peronismo asume sus zonas oscuras como ninguna otra doctrina lo puede hacer, porque, a diferencias de ellas, no tiende a la superación moral de los hombres y mujeres, a la transformación revolucionaria de la realidad en una ficción totalitaria, a un más allá donde todos los sufrires cárnicos serán proporcionalmente recompensados con un placer eterno y etéreo. El peronismo es pragmático, son los hombres y mujeres en su día a día, con sus dignidades y sus miserias. Propone, en cambio, un equilibrio en las fuerzas, un arbitraje en las disputas sociales, protegiendo, en cuanto puede, a los sectores más vulnerables frente a los sectores concentrados de la economía y la política. Justicia social, propone, y no siempre se logra, y no siempre el modo de alcanzarla es pulcro, virtuoso, celebrable. Y los compañeros y compañeras no tienen vocación de santos y santas: tienen vocación de hombres y mujeres reales, tienen necesidades y debilidades bien humanas, bien cotidianas. Pero lo más loable del peronismo, lo más admirable es el concepto de Lealtad. La Lealtad es el eje transversal del Movimiento, su principio constructivo, lo que lo vuelve indestructible. La Lealtad, también, es lo que provoca que los hombres y mujeres con sus necesidades y miserias de hombres y mujeres cuando cometen sus errores, lo hagan en una proporción tan ínfima (si las comparamos con los desfalcos y saqueos que los “dueños” del país realizan a diario, desde ya, pero también en la relación de lo que potencialmente podrían hacer). Por supuesto, a la conciencia colonializada del medio pelo, le parece un escándalo, pero todos sabemos que no es un escándalo moral sino de castas o pretendida mediocridad burguesa.

miércoles, 3 de agosto de 2016

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La verdad, entonces, era que me gustaba mi amiga troska. Habíamos curtido un par de veces, pero éramos (era, el plural es una forma de auto-indulgencia) muy románticos, en la peor acepción del término. Ella me cedía a su amiga, un colchón y su comedor para sufrir (y quizás masturbarse, aunque esto tiene un alto grado o un grado completo de mi propia proyección fantasiosa) escuchando nuestros gemires y los sonidos húmedos de nuestros sexos. Yo aceptaba el presente carnal y que, cada diez días, pasáramos largas noches leyendo poesía o sobre el recelo de la izquierda revolucionaria con Evo Morales, para verla a sabiendas de que se estaba encamando con algún tarado, inexorablemente tarado. 

Leíamos sentados en la alfombra del cuarto, las espaldas apoyadas en la cama, la lámpara de su mesa de noche encendida y algún disco de fondo. La lista es fácilmente imaginable: Galeano, Gelman, Neruda, Benedetti (no me gustaba ya entonces su poesía), algún cubano trovador o no, Federico, Alberti…, pero no nos tocábamos: era imprudente, iba a arruinar esa gélida perfección. A veces, leía alguno de mis primeros poemas. 

Aquella vez en el hotel (¿no había dicho que era un telo?), cuando su amiga me dijo que no estaba acostumbrada, mientras nos vestíamos y yo le enviaba un mensaje de texto a otra chica con la que andaba, su amiga encontró en mi morral el cuaderno negro en el que escribía y leyó y ponderó algunos versos. 

Al trotskismo, al romanticismo de la amistad y su castidad selectiva, y a la promiscuidad anal debo mis primeras críticas literarias. Como tantos y tantas escritores y poetas contemporáneos.