El peronismo asume sus zonas
oscuras como ninguna otra doctrina lo puede hacer, porque, a diferencias de
ellas, no tiende a la superación moral de los hombres y mujeres, a la
transformación revolucionaria de la realidad en una ficción totalitaria, a un
más allá donde todos los sufrires cárnicos serán proporcionalmente
recompensados con un placer eterno y etéreo. El peronismo es pragmático, son
los hombres y mujeres en su día a día, con sus dignidades y sus miserias.
Propone, en cambio, un equilibrio en las fuerzas, un arbitraje en las disputas
sociales, protegiendo, en cuanto puede, a los sectores más vulnerables frente a
los sectores concentrados de la economía y la política. Justicia social,
propone, y no siempre se logra, y no siempre el modo de alcanzarla es pulcro,
virtuoso, celebrable. Y los compañeros y compañeras no tienen vocación de
santos y santas: tienen vocación de hombres y mujeres reales, tienen necesidades
y debilidades bien humanas, bien cotidianas. Pero lo más loable del peronismo,
lo más admirable es el concepto de Lealtad. La Lealtad es el eje transversal
del Movimiento, su principio constructivo, lo que lo vuelve indestructible. La
Lealtad, también, es lo que provoca que los hombres y mujeres con sus
necesidades y miserias de hombres y mujeres cuando cometen sus errores, lo
hagan en una proporción tan ínfima (si las comparamos con los desfalcos y
saqueos que los “dueños” del país realizan a diario, desde ya, pero también en
la relación de lo que potencialmente podrían hacer). Por supuesto, a la
conciencia colonializada del medio pelo, le parece un escándalo, pero todos
sabemos que no es un escándalo moral sino de castas o pretendida mediocridad burguesa.
martes, 16 de agosto de 2016
miércoles, 3 de agosto de 2016
(4)
La verdad, entonces, era que me
gustaba mi amiga troska. Habíamos curtido un par de veces, pero éramos (era, el plural es una forma de
auto-indulgencia) muy románticos, en la peor acepción del término. Ella me
cedía a su amiga, un colchón y su comedor para sufrir (y quizás masturbarse,
aunque esto tiene un alto grado o un grado completo de mi propia proyección
fantasiosa) escuchando nuestros gemires y los sonidos húmedos de nuestros
sexos. Yo aceptaba el presente carnal y que, cada diez días, pasáramos largas
noches leyendo poesía o sobre el recelo de la izquierda revolucionaria con Evo
Morales, para verla a sabiendas de que se estaba encamando con algún tarado,
inexorablemente tarado.
Leíamos sentados en la alfombra
del cuarto, las espaldas apoyadas en la cama, la lámpara de su mesa de noche
encendida y algún disco de fondo. La lista es fácilmente imaginable: Galeano,
Gelman, Neruda, Benedetti (no me gustaba ya entonces su poesía), algún cubano
trovador o no, Federico, Alberti…, pero no nos tocábamos: era imprudente, iba a
arruinar esa gélida perfección. A veces, leía alguno de mis primeros poemas.
Al trotskismo, al romanticismo de la amistad y su castidad selectiva, y a la promiscuidad anal debo mis primeras críticas literarias. Como tantos y tantas escritores y poetas contemporáneos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)