martes, 16 de agosto de 2016

(5)



El peronismo asume sus zonas oscuras como ninguna otra doctrina lo puede hacer, porque, a diferencias de ellas, no tiende a la superación moral de los hombres y mujeres, a la transformación revolucionaria de la realidad en una ficción totalitaria, a un más allá donde todos los sufrires cárnicos serán proporcionalmente recompensados con un placer eterno y etéreo. El peronismo es pragmático, son los hombres y mujeres en su día a día, con sus dignidades y sus miserias. Propone, en cambio, un equilibrio en las fuerzas, un arbitraje en las disputas sociales, protegiendo, en cuanto puede, a los sectores más vulnerables frente a los sectores concentrados de la economía y la política. Justicia social, propone, y no siempre se logra, y no siempre el modo de alcanzarla es pulcro, virtuoso, celebrable. Y los compañeros y compañeras no tienen vocación de santos y santas: tienen vocación de hombres y mujeres reales, tienen necesidades y debilidades bien humanas, bien cotidianas. Pero lo más loable del peronismo, lo más admirable es el concepto de Lealtad. La Lealtad es el eje transversal del Movimiento, su principio constructivo, lo que lo vuelve indestructible. La Lealtad, también, es lo que provoca que los hombres y mujeres con sus necesidades y miserias de hombres y mujeres cuando cometen sus errores, lo hagan en una proporción tan ínfima (si las comparamos con los desfalcos y saqueos que los “dueños” del país realizan a diario, desde ya, pero también en la relación de lo que potencialmente podrían hacer). Por supuesto, a la conciencia colonializada del medio pelo, le parece un escándalo, pero todos sabemos que no es un escándalo moral sino de castas o pretendida mediocridad burguesa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario