miércoles, 3 de agosto de 2016

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La verdad, entonces, era que me gustaba mi amiga troska. Habíamos curtido un par de veces, pero éramos (era, el plural es una forma de auto-indulgencia) muy románticos, en la peor acepción del término. Ella me cedía a su amiga, un colchón y su comedor para sufrir (y quizás masturbarse, aunque esto tiene un alto grado o un grado completo de mi propia proyección fantasiosa) escuchando nuestros gemires y los sonidos húmedos de nuestros sexos. Yo aceptaba el presente carnal y que, cada diez días, pasáramos largas noches leyendo poesía o sobre el recelo de la izquierda revolucionaria con Evo Morales, para verla a sabiendas de que se estaba encamando con algún tarado, inexorablemente tarado. 

Leíamos sentados en la alfombra del cuarto, las espaldas apoyadas en la cama, la lámpara de su mesa de noche encendida y algún disco de fondo. La lista es fácilmente imaginable: Galeano, Gelman, Neruda, Benedetti (no me gustaba ya entonces su poesía), algún cubano trovador o no, Federico, Alberti…, pero no nos tocábamos: era imprudente, iba a arruinar esa gélida perfección. A veces, leía alguno de mis primeros poemas. 

Aquella vez en el hotel (¿no había dicho que era un telo?), cuando su amiga me dijo que no estaba acostumbrada, mientras nos vestíamos y yo le enviaba un mensaje de texto a otra chica con la que andaba, su amiga encontró en mi morral el cuaderno negro en el que escribía y leyó y ponderó algunos versos. 

Al trotskismo, al romanticismo de la amistad y su castidad selectiva, y a la promiscuidad anal debo mis primeras críticas literarias. Como tantos y tantas escritores y poetas contemporáneos.

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