La verdad, entonces, era que me
gustaba mi amiga troska. Habíamos curtido un par de veces, pero éramos (era, el plural es una forma de
auto-indulgencia) muy románticos, en la peor acepción del término. Ella me
cedía a su amiga, un colchón y su comedor para sufrir (y quizás masturbarse,
aunque esto tiene un alto grado o un grado completo de mi propia proyección
fantasiosa) escuchando nuestros gemires y los sonidos húmedos de nuestros
sexos. Yo aceptaba el presente carnal y que, cada diez días, pasáramos largas
noches leyendo poesía o sobre el recelo de la izquierda revolucionaria con Evo
Morales, para verla a sabiendas de que se estaba encamando con algún tarado,
inexorablemente tarado.
Leíamos sentados en la alfombra
del cuarto, las espaldas apoyadas en la cama, la lámpara de su mesa de noche
encendida y algún disco de fondo. La lista es fácilmente imaginable: Galeano,
Gelman, Neruda, Benedetti (no me gustaba ya entonces su poesía), algún cubano
trovador o no, Federico, Alberti…, pero no nos tocábamos: era imprudente, iba a
arruinar esa gélida perfección. A veces, leía alguno de mis primeros poemas.
Al trotskismo, al romanticismo de la amistad y su castidad selectiva, y a la promiscuidad anal debo mis primeras críticas literarias. Como tantos y tantas escritores y poetas contemporáneos.
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