Del último encuentro, tras su
insinuación de establecer una relación emocional donde había garche y
conversación amable, surgió la pretensión de una nouvelle (siempre inconclusa).
Habíamos tomado una cerveza, ella había delirado al almacenero pajero –con cara
de almacenero pajero- que nos la vendió (gesto que adoré, es cierto) y nos
habíamos besado descontroladamente al resguardo de la escasa iluminación de una
plazoleta con nuevas luminarias. Nos fuimos al auto, buscamos un lugar poco
transitado donde estacionar, continuamos besándonos y nos bajamos los jeans
para acariciarnos. Nos chupamos. Lo disfrutamos. Ella no quiso que acabara en
su boca, la próxima vez sí, dijo (diría que prometió
pero eso implicaba una continuidad que, ya mascullaba, no iba a ocurrir).
Después me pidió que la alcanzara a una remisera para irse a la casa que
todavía compartía con su Ex.
La dejé en la vereda de enfrente, como Borges a la
Luna, y la mire cruzar la calle. Me saludó antes de subirse y nos fuimos en
opuestas direcciones. No volví a contestarle ningún mensaje. Cuando mi amiga
troska me hizo referencia a ella, fui frío con la respuesta. Mi amiga no
insistió.
Obviamente, seguimos leyendo poemas unos meses más hasta que algún
tarado de turno la embarazó y ella, revolucionaria y cuestionadora de la
tibieza de Evo Morales, no se animó a abortar.
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