lunes, 25 de julio de 2016

(2)



Me acerqué al anarquismo por los mismos años en que me ligué, post-crisis del 2001, emocionalmente con el kirchnerismo. Es fácil deducir que se trataba de un silente y desesperado juego del inconciente para no reconocer la creciente esperanza; un intento desesperado por no creer que eso que ocurría y que tomaba, poco a poco, las cosas por las que había vivido como su propia bandera y las hacia -¡Hacía! ¡No declamaba: hacia!-, y los compañeros y compañeras, los referentes de mis luchas políticas, se acercaban y eran escuchados y se proclamaba su palabra desde el poder: el Pueblo tenía eco en el Gobierno (permítaseme la exageración a continuación) ¡El Pueblo gobernaba! (sepan disculpar, gracias). Eso que pasaba no podía ser verdadero.

Me había hecho adherente al FPV en 2005, tras o durante el anuncio de Néstor Kirchner del pago de la deuda. Sabía que el asunto y el resultado eran una patria soberana como nunca había creído ver, vivir.  Y eso me asustaba: necesitaba desconfiar, me habían dolido muchas injusticias, mucho tiempo, para dejarme ilusionar tan fácilmente como estos tipos (Néstor, Bielsa, Di Tella, Aníbal, Alberto Fernández, etc.) lo estaban haciendo: necesitaba creer que todo era una farsa, y el mejor exponente de ese nihilismo político se cifraba en el viejo axioma “Ni Dios Ni Estado ni patrón”.

Había probado, breve y tangencialmente, con el trotskismo (esa forma cómica del marxismo, esa pretensión estalinista clavada como un pico en la cabeza de Lev Davidovich Bronstein) a través de una amiga muy querida. Pese a lo prometedor de sus agrupaciones (PTS, OGT, entre otras), sólo me había agenciado a algunas amistades sexuales que exigían más de lo que proponían o ejecutaban (aunque no había sido objetado de modo alguno mi precoz interés y concreción del sexo anal). Dejé esas amistades como al trotskismo: en la parada de un bondi, un sábado a las siete de la matina, tras haber garchado en un colchón que nos prestó mi amiga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario